Hay días en que me despierto desconcertada y dudando de todo, o de casi todo, que no es lo mismo pero es igual. Debe ser la edad. Por ejemplo, el otro día en la radio escuché a un ingeniero de burbujas y otras pompas hablar de un país en extinción. Lo llamó el país de Nunca Jamás.
Parece ser que se trata de un lugar singular y sin futuro en el que los ciudadanos no quieren crecer ni madurar. Éstos -decía el experto con un tono de voz circunspecto- sólo buscan bienestar, justicia e igualdad. Y ante la coyuntura apocalíptica y existencial, lo más probable es que Nunca Jamás se vaya por el desagüe de los restos orgánicos utópicos. Sus habitantes están empeñados en vivir por encima de sus posibilidades. Por lo visto, se trata de un grupo de osados que enarbolan banderas pasadas de moda. No entienden que la gravedad del momento actual exige que los que toman las decisiones vivan conforme a su vanidad mientras que el resto debe conformarse con vivir, que ya es bastante. Unos insensatos, ciertamente.