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martes, 13 de octubre de 2020

La sinceridad democrática de la derecha está en entredicho

 

Foto: Parlamento europeo


Mientras en diferentes lugares de Europa se están llegando a adoptar decisiones delicadísimas para combatir la segunda ola de la COVID19, como por ejemplo decretar el toque de queda; en España, desde la oposición extrema de la derecha se acusa al presidente Pedro Sánchez de "dictador" por decretar el estado de alarma en Madrid tras errar el gobierno de la Comunidad en cómo formular la petición de las medidas de limitación de movilidad al Tribunal Superior de Justicia. 

Fue la no mención de una ley de 1986 por parte de los de Ayuso –tal y como sí hizo la Junta de Castilla y León– la que llevó al TSJ a la decisión de desestimar la única medida que ha implicado la declaración del estado de alarma: la restricción de entrada y salida de determinados municipios. Lejos de reconocer su error (si es que realmente lo fue), pudiera parecer que la gente de Casado en las instituciones que gobiernan Madrid estuviese marcando las tareas que van completando en una checklist interna destinada a escalar la tensión con el Gobierno central. 

miércoles, 6 de junio de 2018

Ministras sin dueño



Comparar tiene riesgos y tiene sesgos. Y entre los sesgos está que, por ejemplo, al comparar la paridad del gobierno de Sánchez con los de Zapatero aflore ese machismo que no solo juzga la valía de una mujer como no lo hace con la de un hombre, sino que termina reduciendo todo a ver quién tiene la cuota más grande. Así que, cuidado compañeros (porque los temas políticos los analizan y comentan sobre todo ellos) que si este Gobierno avanza en el concepto de paridad no es solo por la cantidad ni por los méritos de las ministras que llegan o se van, sino por algo que va más allá.
En el año 2004, cuando por primera vez llegó la paridad a la composición de un gobierno, las mujeres representaban en el Senado una cuarta parte del total (26%) y en el Congreso un poquito más, algo más de un tercio (36%). Una situación distinta a la que nos encontramos hoy donde la representación femenina alcanza a la baja el 40%. Este no es un detalle insignificante al analizar con perspectiva el tema de gobiernos y paridad. En aquel contexto, formar un gobierno donde las mujeres fuesen la mitad suponía resquebrajar una de las reglas básicas del nacionalcatolicismo y del patriarcado institucional: la política como cosa de hombres. Aquel cambio de tendencia, sin duda, tuvo su efecto propio de evolución. Marcarse como objetivo frenar la ausencia de las mujeres en los puestos de gobierno y representatividad hizo que la paridad entrase en la agenda, al menos dialéctica. Sin embargo, aquella paridad socialista terminó convirtiéndose más en un gesto que en una revolución. No solo porque el propio Zapataro terminase su mandato renunciando a la paridad, sino porque ningún otro gobierno de España se lo ha tomando en serio.

domingo, 3 de junio de 2018

Solo de paridad vive el hombre

Foto: Gaelx
La democracia, de por sí, como sistema, no garantiza la igualdad de género. Tampoco la paridad garantiza nada per sé. Sin embargo, nadie puede negar que, dentro de un sistema democrático, la meta de la igualdad entre hombres y mujeres es imprescindible y que, desde esa lógica, la composición de los gobiernos debería ser siempre en paridad. No como un gesto hacia las mujeres sino como parte del derecho a la representatividad que tenemos la mitad de la población. Sin embargo, hasta el momento, depende de la voluntad del Presidente de Gobierno (por ahora siempre varones) dejarse llevar por esa regla a la hora de elegir a sus ministras y ministros.

Cuatro décadas después de aprobarse nuestra Constitución, la realidad es que solo cuando la ley obliga se respetan (de aquella manera) las cuotas de paridad. Las mujeres seguimos siendo las grandes ausentes de los lugares donde se tejen y se toman las decisiones ejecutivas, legislativas y judiciales de nuestro país. Espacios clave para la higiene democrática como estos, están vetados a quienes no responden a un perfil: el de un hombre, blanco, hetero y cis. La conclusión no puede ser otra: la democracia también puede ser patriarcal. De hecho, lo es.