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La réplica del mural feminista de Ciudad Lineal, que se pintó el pasado 6 de marzo junto a la estación de Getafe Central |
En los últimos días, y con motivo de la celebración del 8M, en las calles de distintos puntos de España y, especialmente, en la Comunidad de Madrid, los rostros de las mujeres que protagonizan diferentes murales feministas han sido emborronados con pintura durante la noche, a escondidas y parapetándose en el estado de alarma que no han respetado sus autores. Estos actos, que algunos se atreverán a calificar como actos vandálicos, están muy lejos de ser solo eso. Más bien son una señal de alerta de la polarización de los seguidores de extrema derecha que vienen ocupando el espacio público en clara amenaza al orden democrático y los valores sobre los que esté se sostiene.
Este tipo de ataques, aunque sean materiales, cuando están motivados en el rechazo, aversión y odio hacia un grupo diana de las discriminaciones –colectivo vulnerable, en lenguaje de derechos humanos– nada tienen que ver con el vandalismo. Más allá del daño económicamente exigible y reparable, sus autores dejan un mensaje que quiere intimidar y reproduce la violencia que sufre ese grupo diana a nivel estructural. En este caso el grupo diana del mensaje de odio es claro: todas aquellas mujeres que se identifiquen como feministas y/o con los feminismos; y la violencia que reproduce no es difícil de adivinar: la violencia machista que, precisamente, se denuncia en fechas clave como la del 8 de marzo.











