Hace algo más de una semana publiqué una entrada en la que, como defensora de los derechos humanos, expresaba mi oposición a la prohibición del burkini al entender que el motivo que llevaba a tal decisión estaba basado en el prejuicio y la discriminación y que dicha norma, lejos de respetar el principio de universalidad de los derechos humanos, directamente lo contravenía y exponía a un colectivo concreto a mayor violencia solo por el hecho de llevar una prenda de vestir o pertenecer a una religión. Tanto Naciones Unidas como el Consejo de Estado francés comparten este enfoque. No es nada extraordinario por mi parte, es enfoque de derechos humanos puro y duro.